Manolo Preciado y otros de los nuestros

estatuapreciado

Edgeley Park, Stockport (Manchester), mitad de temporada: Jimmy Gannon, exjugador y leyenda del equipo local mantiene a su equipo bordeando los puestos de descenso; los rumores de cese recorren la ciudad. Tras una nueva derrota, y mientras la grada corea en su honor el “Jimmy Gannon blue&white army”, el máximo accionista le cesa. El equipo terminaría bajando y sumido en una crisis institucional histórica.

El Molinón, Gijón, final de la primera vuelta: tras convertirse en el héroe de toda una ciudad, Manolo Preciado tiene al Sporting funambulando entre los puestos de descenso y la salvación. Tras semanas de rumores, y mientras aparecen pancartas de apoyo y cánticos a su favor, finalmente es cesado dejando al equipo a solo 3 puntos de la salvación. El equipo terminaría bajando y sumido en una crisis institucional histórica.

Un entrenador llega a un equipo, no cumple con el objetivo marcado, y es cesado. Hasta ahí normal, o al menos, habitual. La sorpresa viene cuando, pese a ello, la afición se moviliza para que la directiva no le eche. Algo falla, ¿por qué lo hacen entonces, si el fútbol trata de ganar, o al menos, de lograr un objetivo deportivo? Hay muchos factores: la desigual relación recursos-objetivo, el derecho (ganado a pulso) a que confíen en uno, la prisas y la ambición inmediata como cáncer del fútbol… pero en el fondo de todo esto existe algo más intangible e idealista, una especie de resistencia a la mercantilización y modernización del fútbol:

En un mundo como el del fútbol profesional, donde todo está elitizado, todo es artificial y superficial, las declaraciones de los futbolistas son prefabricadas… de repente llega un tipo que es como tú y como yo, alguien con el que uno se identifica, un quijote que rodeado de gigantes carentes de honra nos devuelve la ilusión por algo que creíamos perdido. Igual que Labordeta irrumpió en el congreso, y rodeado de gente que vive en su burbuja se dirigió a ellos con las maneras toscas y bruscas de los de abajo y les explicó cuatro cosas, Manolo Preciado se plantaba delante de los medios, del Consejo del Sporting, de Mourinho, y de quién hiciese falta, mostrando la dignidad de los humildes, de los desposeídos, de los que un día tuvieron el fútbol pero se lo arrebataron para hacer negocio a su costa.

Son esas personas que llaman a las cosas por su nombre, que se toman una cerveza en el mismo bar que tú y que yo, y que por todo ello desprenden el carisma de quien es consciente de todo el peso sentimental que supone entrenar a un equipo. Y además lo disfrutan. Claro que importan los éxitos deportivos, no seamos cínicos, pero a algunos nos importa aún más la dignidad de poder decir que nos entrena uno de los nuestros: una persona querida, honrada, popular (del pueblo), que no acepta fichajes impuestos motivados por comisiones porque la afición no lo haría, que se dedica a disfrutar de su equipo y de todo lo que le rodea y no a ser el modelo de la empresa de turno, que le gusta este deporte tanto como a nosotros y que de no estar en el banquillo estaría al otro lado de la valla. Uno de los nuestros.

San Mamés, Bilbao, último partido de liga: tras una primera temporada brillante, en esta segunda el Athletic de Bielsa no ha conseguido meterse en puestos europeos como era su objetivo. Sin embargo, en el último partido en La Catedral, el histórico estadio no para de corear el “Bielsa quédate”, mientras Josu Urrutia decide su cese en la trastienda del fútbol.

El tiempo dará y quitará razones, dirá alguno, y no podré estar más en desacuerdo, porque para mi, en el fondo, no se trata de razones. Quizás se trate de eso para muchos aficionados, sobretodo para los encorbatados del palco o para el cliente de televisión que tanto defiende Javier Tebas, pero para los que sufrimos en la grada, el fútbol va de valores como la humildad, el orgullo, la dignidad, la honradez, y sobretodo de sentimientos. Y los sentimientos, para bien o para mal, no entienden de razones, solo de pasión.

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