El fútbol sin dudas de Albert Camus

Javier de Frutos

En el libro no escrito “Siniestralidad automovilística e intelectualidad francesa en el siglo XX”, Albert Camus ocupa un lugar destacado (murió en 1960 al chocar el coche en el que viajaba contra un plátano), no muy lejos de Roland Barthes (mortalmente atropellado por una furgoneta de reparto en 1980). El ensayo en cuestión se ubica en la sección de textos que escogen un aspecto lateral del personaje (o los personajes) y lo elevan a categoría. Se elige a la víctima (preferentemente en el aniversario de su muerte o nacimiento) y a continuación el tema, o al revés, poco importa. Camus falleció hace 50 años. De modo que si le gustaba cocinar, “Las recetas de Camus”; que estuvo una tarde en Segovia, “Camus: estampas segovianas”, etc. En este caso, parece que al autor de El extranjero le gustaba el fútbol. Tanto es así que cuando le preguntaron qué hubiera elegido si su salud se lo hubiera permitido, el fútbol o el teatro, contestó: “El fútbol, sin duda”.

Jueves y domingo

Según relataba el propio Camus en un breve texto autobiográfico, su carrera futbolística transcurrió íntegramente en Argelia. Primero se curtió en el club deportivo Montpensier y ya en sus años universitarios pasó a militar en el Racing Universitario de Argel, más conocido como el RUA. Le devoraba la impaciencia del domingo al jueves –día de entrenamiento– y del jueves al domingo –día de partido– y terminó recorriendo cada estadio de la provincia defendiendo la camiseta azul con rayas blancas del RUA. ¿De qué jugaba? Casi siempre de portero, aunque en algunas ocasiones lo hizo de delantero. Competía duro, comprometido con el equipo, a pesar de la costumbre del RUA de perder partidos que deberían haber ganado. Disfrutaba con “la alegría de la victoria cuando estaba combinada con la fatiga que sigue al esfuerzo” y ni siquiera se privaba “del estúpido deseo de llorar en las noches luego de cada derrota”. Fue Camus, por tanto, un jugador aventajado al que la tuberculosis retiró de una carrera prometedora. Pero esta afición juvenil no hubiera trascendido de no ser por dos frases que sí han pasado a la historia. La primera alude a las lecciones prácticas del balompié. “Pronto aprendí que la pelota no viene hacia uno por donde uno espera que venga. Eso me ayudó mucho en la vida, sobre todo en las grandes ciudades, donde la gente no suele ser siempre lo que se dice derecha”. Una reflexión que es inevitable relacionar con las decepciones que sufrió de parte de quienes en París nunca terminaron de reconocerlo como uno de los suyos y lo relegaron por su condición de pied noir. La segunda es de mayor recorrido: “Después de muchos años en los que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol “Pronto aprendí que la pelota no viene hacia uno por donde uno espera. Eso me ayudó mucho en la vida” (…)”. Una declaración tan agradecida para los amantes del fútbol como difícil de digerir, a no ser que se pretenda reinterpretar la obra de Camus a la luz de una moral futbolística.

Racing Club

A finales de los años ‘50, instalado en París, con el Premio Nobel de Literatura obtenido en 1957 y la Argelia francesa en vías de extinción, Camus seguía acudiendo a los estadios y sentía particular predilección por el Racing Club de París, cuya camiseta se asemejaba a la del RUA. En una grabación de la televisión pública francesa puede contemplarse su figura en el palco, las manos en los bolsillos de la gabardina amplia y las respuestas justas. Justifica Camus ante las preguntas del reportero los posibles errores del arquero del Racing Club rememorando su etapa de jugador. Y a continuación, con el mismo tono pausado y conciso, alude a su juventud para explicar los motivos de la Academia sueca para haberle distinguido a él con el premio Nobel en lugar de a otros compatriotas que, a su juicio, tal vez lo hubieran merecido más. El resultado entre el Racing Club y el Mónaco es muy ajustado. Al final, el Racing tiene la oportunidad de lograr el empate gracias a un penalti. La imagen de Camus contemplando con una media sonrisa el fallo y la derrota de su equipo en el último suspiro evoca sus propias reflexiones en La caída: “Los partidos del domingo en un estadio repleto de gente y el teatro, lugares que amé con una pasión sin igual, son los únicos sitios en el mundo en los que me siento inocente”.

*Extraído del Periódico Diagonal, Jueves 28 de enero de 2010. Número 118

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