Dos abriles, dos derrotas.

“Fue en España donde mi generación aprendió que uno puede tener razón y ser derrotado, que la fuerza puede destruir el alma, y que a veces el coraje no obtiene recompensa” — Albert Camus, Premio Nobel de Literatura y portero de fútbol

3 de la tarde, recién despertado y de resaca. Todo indica que es Domingo, día del Señor. Del Señor fútbol obviamente. Tras comer algo y beber la misma cantidad de agua que cervezas la noche anterior, salgo de casa armado con una bufanda y un bocadillo.

Ambientazo en los alrededores del estadio con el rojiblanco monopolizando el paisaje. Tras varias derrotas consecutivas, sorprendentemente se ve a la gente animada y con optimismo, seguramente por la cantidad de veces que nos vimos en la misma situación y conseguimos sortearla. En fin, vamos para allí. El carnet que no sale de la cartera. Por fin, toma. El segurata mira de reojo, como a casi todos. Parriba. Las escaleras tan eternas como de costumbre, aunque el oír los cánticos de fondo las hacen más amenas. Jornada 34 y aún no tenemos nada hecho. El himno atruena por las gargantas de miles de personas. Es el típico día que la gente va a El Molinón con ganas de ser el jugador nº12.

Pase, pase y pase, pelotazo, algún tiro sin mayor trascendencia, un par de paradas y al descanso.

Aprieta el Sporting en un quiero y no puedo, Barral dispara por dos ocasiones pero por desgracia sin acierto. Empieza a ser costumbre. Sin embargo la grada no para de cantar y retumba todo el estadio:

“Yo te animé,
Te animé desde siempre,
Te animé desde siempre,
Y ya nunca te abandonaré.
¡Sporting!”

Otro par de disparos que pasan cerca de mi, por suerte sin acierto. Empieza a ser costumbre. Todo indica que la Guerra va a continuar bastante tiempo. Ni avanzamos ni retrocedemos, y unos y otros nos entretenemos disparando sin mucha fé. Por suerte conseguí un par de días de permiso. Cae la noche y junto a otro par de milicianos afortunados pongo rumbo a Barcelona.
El viaje en tren se hace largo, la soledad salpicada de alguna trinchera abandonada monopoliza el paisaje. Llegamos a la ciudad. La revolución sigue en marcha, las calles son un trasiego, y tras tres meses de Guerra la gente sigue sorprendentemente animada y con optimismo. Sin embargo, por interesantes que fuesen las transformaciones económicas y sociales nuestros objetivos eran mucho más básicos: Comida, mujeres y aguardiente, la receta para olvidar el fango, el hambre y el frío del frente. Alcanzamos una taberna bastante animada dispuestos a satisfacer esas necesidades. Tras algo de comida y abundante bebida, comienzan tanto los cánticos como los cortejos. Con el alcohol corriendo por mis venas trato de unir ambos con la famosa copla:

“Yo te daré,
Te daré niña hermosa,
Te daré una cosa,
Una cosa que yo solo sé,
¡Café!”

6 de la mañana, recién despertado y de resaca. Según me explican en los calabozos, ellos no entendieron “café”, si no “C.A.F.É.”. Por lo visto esa copla era usada por la quintacolumna falangista a modo de expresión críptica de camaradería, y que venía a significar “Camaradas Arriba Falange Española”.

Aclarado el entuerto no sin problemas, vuelvo al frente. No fue el permiso soñado pero al menos me dio para empezar un blog.

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