Fiebre en las gradas: Swindon Town – Arsenal (en Wembley)

Los nervios que tenía antes de cada partido eran siempre así, aunque no nos jugásemos nada. En aquella temporada, el Arsenal había perdido toda opción al título de Liga allá por noviembre, algo más tarde que de costumbre; esto supuso que dentro del desarrollo global de los acontecimientos ya no tenía prácticamente ninguna importancia que ganaran o perdiesen los partidos que fui a ver. A mí, en cambio, me importaba hasta la exasperación. En estas primeras fases, mi relación con el Arsenal era de naturaleza totalmente personal: el equipo no existía más que cuando yo estaba en el estadio (no recuerdo que me sintiera especialmente hundido a raíz de los pésimos resultados en campo contrario). Por lo que a mí se refería, si ganasen los partidos que yo viera en directo por 5-0 y perdieran todos los demás por 10-0, la temporada habría sido espléndida, probablemente conmemorada con un viaje del equipo en pleno, en un autobús abierto, para recorrer la M4 con el único propósito de venir a saludarme.

Hice una excepción en las eliminatorias de Copa: deseaba que las ganase el Arsenal incluso en mi ausencia, pero caímos derrotados por un único gol en el campo del West Brom. (Debo señalar que me obligaron a acostarme antes de que se supiera el resultado, pues el partido se jugó un miércoles por la noche, y mi madre anotó el resultado en un papel que colocó en mi estantería, para que yo lo viese nada más despertar a la mañana siguiente. Me quedé medio atontado, mirándolo durante largo rato: me sentí traicionado por lo que ella había escrito. Si de veras me amaba, a la fuerza tendría que haberse apañado un resultado mejor que aquél. Tan doloroso como el resultado fue el signo de exclamación con que lo remató, como si fuese…, bueno, como si fuese una exclamación. Me pareció tan fuera de lugar como si lo hubiera utilizado para subrayar el fallecimiento de un pariente: “¡La abuela murió pacíficamente mientras dormía!” Estas decepciones aún me resultaban totalmente novedosas, por supuesto; igual que cualquier otro hincha, ahora ya casi las doy por supuestas. En el momento en que escribo estas páginas, he vivido el dolor de una derrota en una final de Copa nada menos que veintidós veces, pero nunca tan intensamente como la primera vez.)

De la Copa de la Liga en realidad no había tenido noticia, sobretodo por ser una competición que se dispuestaza entre semana y todavía no me estaba permitido ir a los partidos que se jugaban en días laborables. Ahora bien, cuando el Arsenal alcanzó la final estaba yo dispuesto a aceptarlo como compensación por una temporada que a mí me había parecido abrasadoramente mala, aunque la verdad es que fue bastante similar a cualquier otra de los años sesenta..

Así pues, mi padre pagó en la reventa una cantidad bastante elevada y compró dos entradas (nunca averigüe exactamente cuánto tuvo que pagar, aunque más adelante, con una muy justificada irritación, medio a entender que le salieron carísimas) y el Sábado 15 de marzo (“Cuidado con los idus de marzo”, tituló el Evening Standard su suplemente en color) fui a Wembley por primera vez en la vida.

El Arsenal se enfrentaba al Swindon Town, un equipo de Tercera División: nadie tenía al parecer ninguna duda de que el Arsenal ganaría el partido, y de paso, su primer título en dieciséis años. Yo no estaba tan seguro. Callado durante todo el trayecto en coche, ya en las escaleras del estadio le pregunté a mi padre si estaba tan convencido  como todos los demás. Intenté que mi pregunta pareciera puramente casual, el típico amago de charla deportivo que tratan dos hombre en un día cualquiera, pero en realidad no tuvo nada de eso: lo que de hecho deseaba era que un adulto, mi padre para más señas, me tranquilizase y me convenciera de que lo que estaba a punto de presenciar no me iba a dejar maltrecho de por vida. “Mira –debería haberle dicho–, cuando juegan en casa, un partido de Liga normal y corriente, me da tanto miedo que pierdan que no puedo ni pensar, ni hablar siquiera; a veces no puedo ni respirar. Si te parece que el Swindon tiene la más mínima posibilidad de ganar, aunque sea una entre un millón, mejor será que me lleves a casa ahora mismo, porque no creo que pueda soportarlo.”

Si le hubiera hablado así, habría sido irracional que mi padre me llevara al estadio. En cambio, me limité a preguntarle con un falso aire de curiosidad quién creía él que iba a ganar el partido; contestó que estaba seguro de que ganaría el Arsenal por tres o cuatro a cero, la misma corazonada que tenía todo el mundo, así que obtuve gran medida la tranquilidad y la confianza que tanto necesitaba, pero de todos modos me quedé maltrecho de por vida. Igual que el signo de exclamación de mi madre, la risueña confianza de mi padre se me antojó después una traición insufrible.

[…]

Cuando faltaba un minuto para que terminase el partido, el Arsenal empató de forma inesperada y rarísima, con un cabezazo en plancha, a raíz de un rebote en la rodilla del portero. Procuré no echarme a llorar de alivio, pero fue algo superior a mis fuerzas. Me puse de pie en el asiento y le grité a mi padre una y otra vez: “Ahora todo irá bien, ¿verdad que sí? ¡Ahora todo irá bien!” Él me dio unas palmaditas en la espalda, complacido de que hubiésemos rescatado algo de aquella tarde tan deprimente y tan cara, y me reiteró que sí, que ahora por fin todo iría bien. Fue su segunda traición del día. El Swindon marcó otros dos goles en la prórroga, primera una birria de gol a la salida de un córner, y después un golazo de Don Rogers, que recorrió más de treinta metros con el balón pegado a la bota. Fue imposible de soportar. Con el pitido final, mi padre me traicionó por tercera vez en menos de tres horas: se puso den pie para aplaudir a aquellos candidatos a la derrota que habían trastornado todos los pronósticos, y yo eché a correr hacia la salida.

“Fiebre en las gradas”, Nick Hornby.

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